La santa gloria, ese místico fulgor que arde en el corazón humano, no es otra cosa que un fuego que consume, purifica y a veces destruye. Hablar de ella es adentrarse en un terreno resbaladizo, donde los límites entre el éxtasis, la pasión y el pecado se difuminan como sombras en la penumbra. La gloria no es un camino recto; es un laberinto de emociones que, en su ascenso hacia lo sublime, arrastra consigo las miserias más terrenales.
El éxtasis es su vértice más alto, ese instante efímero en el que el alma parece romper las cadenas del cuerpo para tocar lo divino. Es el susurro de lo eterno que eleva al hombre, y a la vez, lo reduce a cenizas. Pero este éxtasis no se alcanza sin pasión, esa fuerza visceral que nos empuja más allá de la razón, que transforma la fe en acto, el deseo en misión y el amor en batalla. La pasión nos envuelve, nos consume, nos revitaliza, pero también nos pone a prueba, pues en su núcleo habita un riesgo ineludible: el pecado.
El pecado, tan humano y tan universal, camina siempre a la sombra de los otros dos. Es la grieta por la que el éxtasis puede convertirse en delirio y la pasión en obsesión. Sin embargo, en su contradicción radica la esencia misma de la santa gloria: lo sagrado no existe sin el riesgo de lo profano, y el camino hacia la redención no se recorre sin tropezar con la caída.
No se pretende señalar un camino correcto, ni mucho menos juzgar los pasos errados. Es, en cambio, una invitación a explorar la profundidad de estas emociones humanas, a abrazar la lucha interna entre la luz y la sombra, y a aceptar que la gloria —la santa gloria— no es un premio, sino una búsqueda constante, un equilibrio precario entre lo divino y lo terrenal.
Que cada uno encuentre, en esta obra, un reflejo de su propia batalla y, quizá, un destello de la santa gloria que todos, consciente o inconscientemente, perseguimos.