Bajo el cielo que danza con la aurora,
mi cuerpo se yergue, esencia que atesora.
El viento, mensajero de la libertad,
acaricia mi piel, danza en mi soledad.
Una tela roja, pasión que flamea,
en el lienzo del tiempo, historia que crea.
El viento la abraza con sutil destreza,
como un suave adagio, danza su certeza.
El cuerpo, refugio de la experiencia,
testigo del viento, su danza y su presencia.
En la tela roja, un susurro de pasión,
se entrelazan destinos, en íntima unión.
Así, entre el cuerpo, el viento y el carmesí,
se teje la vida, un poema sin fin.
En cada movimiento, en cada latido,
la danza eterna del ser, en su propio sentido.